sábado, 20 de diciembre de 2014

Micro Reseñas

El libro de los hombres lobo. Información sobre una superstición terrible.
Sabine Baring-Gould
Valdemar Gótica 190p.

A pesar de ser muy fanático de este personaje mitológico, este libro había permanecido medio olvidado en mi biblioteca hasta que, en uno de esos aquelarres personales que se producen cuando uno acaba una obra y tiene que elegir la siguiente, vino solo a mis manos. A partir de ese momento toda la fascinación de épocas anteriores volvió de repente. El hombre lobo damas y caballeros, nada más y nada menos.

Se trata de una obra de divulgación. Una recopilación de casos y sucesos relacionados con el mito. El autor, al que no conocía, es uno de esos hombres polivalentes al estilo renacentista. Nos lo presenta bien Antonio José Navarro en un prólogo más sobre el autor que sobre la obra.

Me agradó especialmente el acercamiento del autor al tema. Desde una perspectiva científica, avanzada para su época, recordar que la obra se publicó originalmente en 1865, aborda los hechos sin profundizar mucho en ellos pero ofreciendo en todo momento su hipótesis que relaciona la licantropía con padecimientos mentales de distinta índole. Pero es este distanciamiento, este no enfrascarse en farragosos análisis de datos, lo que permite además a Sabine respetar también el componente fantástico de lo que tiene entre manos. Así vemos como en la narración de los sucesos a lo largo de las distintas épocas (desde la Grecia Clásica hasta el momento de la escritura del libro) el autor no deja de emplear un exquisito y entretenido tono de literatura de terror. Destacan sus descripciones de los paisajes y de los hechos abominables que son objeto de atención en la obra.

El planteamiento es sencillo, con una traducción cuidada que permite seguir en todo momento lo que se nos narra. Bien es cierto que la prosa, a veces se alambica y aparece algo recargada, pero esto no es ni frecuente ni tampoco sirve para perder el interés en la lectura.

El punto fuerte lo encontramos casi al final, la narración de los sucesos que se le achacan a Gille de Retz, Mariscal de Francia. El autor desmenuza estos hechos y se recrea en ellos durante tres capítulos de su obra. Presten atención al final del Mariscal de Retz, ¿a qué les recuerda?

Otro punto fuerte de la obra es el tratamiento que se hace del mito de la transformación en animal, no sólo en lobo, dentro de las cosmogonías nórdicas. Quién no quiso ser un berserker cuando era adolescente o quizás es que todos los adolescentes lo son.

Aunque el final se hace demasiado abrupto, queda la misma sensación que cuando se termina una atracción de feria demasiado pronto. La mente pide más: más sucesos, más sangre, más transformaciones maravillosas, más secuestros y más locos encerrados en sanatorios insanos. 


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Cuándo llamaremos a las cosas por su nombre

cuándo llamaremos a las cosas por su nombre
catálogos a los periódicos
contrato al amor
huida al circo mezclado con pasarela
ladrones a todos los ladrones
cabrones a todos los cabrones
imbéciles a todo el que se lo gane a pulso
y muestre su trofeo y su lugar
en la mentira universal de la lista de precios


la música espanta pájaros y atrae telones
y el espanto el pan nuestro de cada día
solo para algunos pocos
que lo muerden con tus dientes
que lo tuestan lo queman
y lo tiran con desprecio
a las fauces de sus perros con esmoquin

cuándo hablaremos por nuestra boca
sin hacer búsquedas ni apretar el culo
sin anticipar siempre un final para todo
un muro ni muy alto ni muy bajo que nos proteja
doble de tejas y nata en el techo que nos resguarda
cuándo servirá la palabra para pisar nuevas tierras
tan extensas que ya no tenga la belleza
que vomitar para que la atendamos

cuándo escogeremos a la primera la opción inútil
pobre hermosa verdad enferma

pobres palabras mudas 
pobres los hombres que desgastan su ingenio
en tecnologías para desarreglar los nombres
pobres incapaces de asumir 
los restos en sangre de su sorpresa 

sábado, 13 de diciembre de 2014

el niño de los ojos de almendra

secuestré al niño de los ojos de almendra
le di de comer mi hambre a la cubana
secuestré sus dudas sobre el color del agua
le ofrecí un sueño con sueños amables
lo encontré acurrucado entre largas piernas
«No van a ningún lado» y temblaba
le dí la mano «prefiero el corazón y el futuro;
llévame y te contaré un secreto».

Nos fuimos partiendo dejándonos atrás
Nos fuimos alejando hasta el nacimiento
del olvido llegamos a ese pinchazo sutil
en la piel del pasado el minúsculo punto
de donde brotó la primera sangre ajena

«hemos llegado,
aquí es donde partiste en dos el mundo»
y me dolió como solo duele la conciencia
de los errores repetidos hasta la muerte

miércoles, 10 de diciembre de 2014

diminutillos

120.

soy el que desea el campo a pesar de la alergia
la sencillez a pesar de los escondrijos barrocos
la última oportunidad en el último tren del día
el cadáver elegante el orador el invitado ausente
el cubo de lágrimas y el vivo aferrado a su bollo
soy un hombre empeñado que nadie reclamó
soy alguien desprendido de su propio alguien

sábado, 6 de diciembre de 2014

Petardos, tormentas y una perra asustadiza

El discurso de la realidad es un temporal impredecible y me parece que los meteorólogos tienen los sesos un poco apulgarados como para dar asilo a un método que, de una vez por todas, arranque algo de lucidez y humanidad a tanta ola impredecible.

No hay que tener miedo a las tempestades ni a los rayos, tampoco al futuro. Tantos años de evolución finiquitados en esta calle sin salida; en los dos minutos, tirando por lo alto, que dedicamos cada mañana a a autoconciencia mientras nos aseamos o cagamos para salir guapos, vacíos y resignados a que nos tortee la ventolera. Tantos años mejorando la especie no pueden desembocar en una conducta tan parecida a la de La Jara, la pastor alemán de mis tíos, que se escondía bajo la cama cuando los niños tiraban petardos en la calle. Pero como era un animal enorme no cabía bien ahí abajo y parecía que iba a sacar el somier en procesión. Colchón, almohada y sábanas terminaban desparramados por el suelo; era un patético espectáculo ver como se mecía el armazón de la cama al son de las explosiones. «Nuestra señora del tapifle», bromeaba mi tío y todos estallábamos en carcajadas.

Absurda historia, lo sé. Pero me da en la nariz que se nos está poniendo a todos una cara de pastor alemán que no se puede aguantar. Parece que esta tormenta está furiosa y no tiene pinta de amainar y que los petardos no van a callar de momento.

La única diferencia que veo entre nosotros y la pobre Jara es que las risas que tú escuchas no son de la gente que te quiere. No son risas indulgentes que después derivan en muestras de afecto, me parece que no. Pero risas se escuchan, eso seguro.

En este hoy donde los meteorólogos son cuentistas baratos que escriben sus historias con veneno, condescendencia y escasísima humanidad; no podemos permitirnos ser costaleros de los mullidas lechos de estos juglares del embuste.

¡Qué la tormenta no nos vea temblar! Es más falsa que un pollo de goma: agua que moja pero no cala. Me ha costado una vida darme cuenta de esto pero ya noto como mis huesos se han secado y vuelven a mantenerme de pie. Ya floto y elijo la ola que intentará ahogarme. También me río más.

Si ellos inventan, tú ve un paso más allá y crea. Sus invenciones son tecnología de humo, tus creaciones te acompañarán siempre.

¡Putos petardos!

***



Notas:

1. Los meteorólogos son buena gente, tengo muchos amigos meteorólogos.
2. Sí, soy de esa ciudad: ¡la der colo especial, my weapon! Siempre que pienso u opino hay al menos una procesión implicada