18 de abril de 2015

diminutillos

136.

Hoy
me crucé la cara
lavada por la duda
Hoy
descarada todo hueso
boca y pocas palabras
Hoy
la indiferencia atravesada
acalló mi cara
Hoy
cayó el rostro
se quebró el mundo
la curiosidad           miró

15 de abril de 2015

diminutillos

135.

No quiero ser feliz
me conformo
con no andar muerto
hacia la forma

me conformo
con seguir observando
y dejar estar la esencia
que para nada me necesita

11 de abril de 2015

El sinónimo que se muerde la cola

Asombro = Asomarse 
Asomarse = Imaginar
Imaginar = Ideal
Ideal = Futuro
Futuro = Asombro 

Vivir es recomenzar 
escombro sobre escombro 

8 de abril de 2015

Carta a Maud. El color en los entierros.


Cuando me asalta la sensación de que vivo en una obra de teatro demasiado previsible siempre acude a mi memoria una mujer no muy alta, con una mirada juguetona dibujada en el rostro y que conduce como el mismísimo diablo —solía encontrarla derrapando por las rotondas—. Me toca el hombro y me pregunta si me gustan los entierros. Recuerdo como reaccioné la primera vez que lo hizo: huyendo de ella; valiente tía rara, pensaba. Pero ahora, cuando esa opresión familiar se instala en el pecho, levanto la vista y la busco; busco su paraguas amarillo y sus andares saltarines. Suplico por que venga a salvarme y me prepare alguna locura en la que podamos participar juntos para dejar de sentir que todo está escrito, para creer de nuevo que mi vida depende de mí mismo y que hice muy bien en perseverar en mi suicidio.

Me gusta ir a visitarla cuando me entran ganas de asesinar a todos los que me rodean; hurgar entre su perfecta acumulación de quincalla, zaleos y trastos. Me gusta que me recuerde que los convencional mata y que es necesario de vez en cuando permitirse ser uno mismo para que no nos derrote la melancolía. 

Cuando voy con ella al desguace o al vivero la escucho con atención aunque nunca la entiendo del todo, pero siento que alguien, con una uña afilada pero amable, me ha arañado algunos órganos que permanecían aletargados. Ahora que ya no está recuerdo con claridad todas esas conversaciones: 

«Mira, Harold, yo creo que muchas de las cosas que pasan es porque gentes que son como flores permiten que las traten como el lodo»

Ella me enseñó a relajarme, a dejar que todo acontezca alrededor sin que me roce y a que mis manos están hechas para tocar lo que yo decida. Me enseñó, reflejado en sus ojos, el sonido de mi voz. Había estado en todos sitios, tenía una opinión para todo, pero jamás intentaba imponértela, jamás. Ella me salvó de confundir las razones para matarme: un buen suicida se mata por una buena razón. 

Aún hoy cuando salgo a caminar y pongo el filtro de observador no participante, suena Cat Stevens en mi cerebro y casi puedo verla bailar a mi lado, risueña y animosa como siempre. Aún hoy, mientras retumban las exigencias de mamá detrás de mi imaginación desplegada, mientras lo normativo intenta acumularse con su habitual disimulo gris, logro sonreír cuando nos recuerdo huyendo de la policía el día que trasplantamos el arbolito moribundo del arriate de la avenida al monte. 

Con ella no había tema prohibido, asunto que no se pudiera tratar. Hasta que se fue y yo me quedé escuchando la música que me había regalado, bailando sobre el acantilado. 

Muchos dicen de mí que soy una persona triste y amargada, pero es solo que ya no dejo que cualquiera mire detrás de mis suicidios.  

Fdo. Harold Cualquiera

P.D. Quiero dar las gracias a Musa (@garymused) por presentármela aquella tarde de finales del año pasado. ¡Qué gran favor!

Harold and Maude (1971)
Duración: 90 min
Director: Hal Ashby
Guión: Colin Higgins
Música: Cat Stevens
Fotografía: John A. Alonzo
Reparto: Ruth Gordon, Bud Cort,
Vivian Pickles, Cyril Cusakc, Charle
Tyner, Ellen Gerr, Tom Skerrit