3 de febrero de 2016

Uno menos en la pila...



El mundo según Garp 
John Irving
Traducido por Iris Menéndez
Círculo de Lectores 510 p.

He leído ya varios libros de Irving y en todos he hallado una característica que me resulta especialmente atractiva: siempre va a contracorriente. En sus narraciones puede uno informarse de vías alternativas de existencia, de moralidades ajenas a lo establecido. El bueno de John antepone los principios personales a la corrección y ajuste a lo normativo. Deberíamos aprender todos a elegir nuestro sistema de valores según nuestra personalidad y, por qué no decirlo, según nuestras apetencias, en vez de acatar y adosarnos a la conciencia los retales preceptivos que pone a nuestra disposición la cultura en que nacemos.   

Este libro es una apuesta por lo extraño. Usando un tono sobrio con toques de absurdo aborda con bondad y solidaridad diferentes caminos para anular la crueldad y la demencia del mundo. Nos envuelve en su narración amable de hechos no tan agradables, nos arrulla y nos deja miguitas de pan para que nos atrevamos a ser esa persona que reprimimos. Mi visión de este autor no ha hecho más que afirmarse con el tiempo y, dejando aparte su calidad literaria indudable, acudo a sus novelas para seguir creyendo en la tolerancia y en el humanismo.

Se aprecia el mundo autorreferencial del autor, vemos por ejemplo el germen de la que fue su siguiente novela, Hotel New Hampshire, en el relato que Garp escribe en sus inicios como escritor, La pensión Grillparzer, y que utiliza para conquistar a Helen, su futura mujer. Sus temas habituales, el transexual de rigor, su estilo escueto, reflexivo y efectivo vuelven a estar presentes; además de su habitual habilidad para disfrazar acontecimientos brutales de hechos cotidianos.

Esta historia en concreto versa sobre la escritura y la vida apartada de los estándares sociales. 

«casi todo parece decepcionante después de que un escritor ha terminado de escribir algo». 

Algunos dirán que también trata de la muerte por la omnipresencia de esta, pero más bien versaría sobre cómo permanecer vivo y cuerdo después de los numerosos estacazos que nos arrea la existencia o sobre como resistir la hostilidad disfrazada de sentido común y la necesidad de sospechar de ella, de fomentar la libertad individual a pesar de que implique altas dosis de incertidumbre. 

«Garp adivinaba que la mayoría de la gente confundía ser profundo con ser moderado. Ser serio con ser profundo. Parecía que, si sonabas serio lo eras. Probablemente otros animales no puedan reírse de sí mismos, y Garp estaba convencido de que la risa se relacionaba con la compasión, algo de lo que necesitamos más». 

A pesar del tono absurdo aunque de fondo afable de esta novela, de sus personajes peculiares y de fuerte carácter, de la atrocidad de las acciones y situaciones que nos cuenta, como otras obras de este autor, nos queda una sensación de equilibrio, de asunto bien resuelto y de final feliz a su manera.

Muchos son los personajes interesantes en la trama. Despliegan una inteligencia incisiva, personalidades fuertes y motivaciones nada conformistas. No se pierdan a Jenny Fields, madre de Garp, que se convierte en un icono gracias al éxito de la única obra que escribió en su vida y que todos tomaron por un manifiesto feminista cuando solo era un desahogo, la biografía de «una loba solitaria».

La obra termina con un epílogo evocador que resuelve tramas y cierra círculos, nos deja un sabor agridulce y no hace más que confirmar el carácter reivindicativo que Irving suele dar a sus textos. Alegatos pausados, sin aspavientos, pero contundentes a favor de la diversidad y la autenticidad.

Pues eso, la vida de un tal Garp contada por el mismo de una forma magistral. Yo me lo leía oigan, a no calla que ya me lo he leído. ¿Con quién hablo? ¿Es esto la sección de lencería fina?

30 de enero de 2016

diminutillos


183.

Nunca he sido infeliz,
como mucho descontento.
Decoro y recargo la tristeza,
se me acumulan sulfatos,
medallas y apariencias.

Nunca he sido infeliz,
Solo despistado, compacto,
desatento.

27 de enero de 2016

Los pies del plato


Llamamos costumbre
a manías masivas
Rutina a nuestras renuncias

Despreciar excepciones
Afirmarnos únicos

Somos patrones vicarios
Compulsión de saldo
Obsesión sectaria

Neuróticos a la caza
de ballenas singulares

23 de enero de 2016

Uno menos en la pila...

Roberto Bolaño
Compactos Anagrama 609 p.

No vas a hallar en esta novela ninguna respuesta. Saldrás incluso de ella con preguntas abiertas en canal, con dudas latentes que te sorprenderán. Una historia llena de latencias, de observación, de contemplación y de inminencia. Que estamos condenados a la nada, al olvido, a desperdiciar nuestra vida, lo intuimos todos. También todos lo negamos, hacemos y decimos para esquivar esa certeza, pero pocos nos atrevemos a enfrentarnos a las preguntas trascendentales. Preferimos quedarnos en los flecos, en las maneras de vivir, sin pasar nunca por una reflexión profunda sobre las causas, las esencias y los sentidos.

¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué? No. En esta historia no se responden tampoco esas preguntas. Pero sí que se visibilizan y se hacen patentes, imposibles de eludir, se nos obliga a enfrentarnos a ellas. Una vez que has entrado, no puedes evitar querer sufrir la tortura empática de leer sobre las vidas de estos poetas que no son más que obras de arte con apariencia humana, extrañas excepciones que nos contienen y nos incitan. Leer sobre Belano y Lima y sobre todas las existencias que orbitan alrededor de ellos: una casa, un barrio, una ciudad, un mundo; pero también un cuerpo, una disección; o una estructura mental, un psicoanálisis de nuestras pulsiones y de las de los que nos acompañan. Muchos niveles, muchas lecturas, muchos márgenes que explorar y ninguna certeza.

Esta novela es una búsqueda retórica. Un deseo irrefrenable, indagación sobre los falaces lugares comunes, un juego de espejos al que no se le ve la trampa. Buscar un lugar en el mundo no para integrarse sino para recrear la realidad desde la más descarnada autenticidad. A través de los protagonistas, a los que el narrador se acerca desde varias perspectivas (a lo largo del texto son fantasmas, maestros, locos, cerriles perros de presa, holandeses errantes… pero nunca personas comunes), se nos habla de nosotros mismos, de la necesidad de ir más allá de lo usual, de encontrar algo que perseguir y reconocernos únicos y perdidos mientras averiguamos cómo alcanzarlo.

Sé que esta reseña está quedando dispersa, pero es que yo mismo, mis seguridades y mis creencias se han ido diluyendo en el espeso caldo preparado por Bolaño. Más allá del entretenimiento, del placer estético, de la admiración hacia el escritor, está esta obra de arte que conmueve dejándote primero clavado en tus certezas mientras piensas en el siguiente paso a dar, la siguiente zancada que sabes será insegura y a ciegas, por fin. Que un libro tenga este efecto es algo extraño y valioso.

La estructura de la novela, dividida en tres partes —antecedentes, explosión y consecuencias; aparición, epifanía y extinción; pongan ustedes las etiquetas según su lectura—, es arriesgada, juega con la linealidad del pensamiento a la que estamos acostumbrados, pero también con la ley de causa-efecto. Nada de lo que sucede parece aferrarse a ningún antecedente que lo justifique y tampoco aspirar a ninguna zanahoria, al menos ninguna que conozcamos, ninguna con salutífero color anaranjado. Los detectives salvajes van detrás de algo, pero de qué…

Lo que más me ha sorprendido es la profusión de voces narrativas, que se aprecia sobre todo en la segunda parte de la novela, todas bien perfiladas y con miga. Esta maestría y el trabajo que se adivina detrás hace que aprecie Los detectives salvajes de una forma especial, pocos se atreverían a hacer lo que el escritor chileno parece ejecutar sin esfuerzo.

Una obra total, que trata muchos temas bajo una apariencia extraña. Tengo la sensación de que mañana sabré más que hoy, de que la próxima vez que lea esta novela me dirá otra cosa, probablemente contraria a las ideas que se habían asentado ya en mi memoria sobre ella. Porque el texto está vivo o es una especie de accesorio, de ampliación del propio cerebro.

No daré más vueltas, pararé a fumar un cigarrillo en un camino perdido en medio del desierto y me lanzaré a tientas a rastrear en mi vida a los real visceralistas, en las calles que suelo transitar a Cesárea Tinajero, sin saber por qué, sin ningún objetivo más allá de la propia búsqueda.